¡Venga!, que reine la inconsecuencia;
inconsecuencia egoísta que afloras
cada vez que te conviene,
como si fueras una ilusionista,
que detonas todo a tu alcance
con canciones y con letras,
con rabias y desconsuelo,
con fotografías retocadas,
con destrucción pluralista,
con esencia casi suicida;
eres reina! Tú, inconsecuencia;
que en tu reino, en tu pequeño
pero ardiente universo
te declaras “abstraída“,
te disfrazas de “huida“,
te maquillas de “escapada”
Y entonces ¿donde dejas tu cara pura?
¿por qué no te quitas el maquillaje,
no solo en los salones de tu ego
y en el rincón donde nadie más crees que te ve?
¡Por qué no hacerlo!
Si, es verdad, el gusto por huir
es más que tentador, es casi inyección de salvataje,
por unos momentos, horas, días quizá, pero…
tenga usted presente, mi majestuosa ingenua
que las paredes de inconsecuencia e inseguridad
son escénicamente huecas, volátiles,
agrietadas al primer atisbo de madurez…
¡Por qué no hacerlo!
Por que sabe, sabemos, que al primer
tinte de consecuencia deja de ser usted
La Reina insegura “traumáticamente” temerosa, adicta a la
mas fina y desproporcionada comodidad,
para vivir coherentemente y tener que vestirse
mañana a mañana con la ropa sencilla
de la señorita consecuente.
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